Los años pasan muy rápido, no nos demos cuenta de ello. Hay quién pierde de vista que somos tan animales como cualquier otro, y tenemos programado genéticamente la capacidad de olvidar la magnitud de las emociones y dolores. De no ser así, la pena infligida por el hecho de ver el tiempo pasar sería mortal para cualquier persona. Lo mejor es, y en este caso creo más que en cualquier otro, olvidar con premura.

Ya hacía cuatro años y unos meses que habíamos comenzado nuestro viaje en aquel instituto devenido facultad de la Universidad, y todavía hoy, muchos años después, parece que todo fue ayer. Aquel día caluroso de 2018, aunque fuese noviembre y nos encontrásemos en uno de los pulmones verdes de aquella ciudad de plomo, parecía ir con normalidad en el Laboratorio de Estudios Ambientales, y de hecho lo fue para todos excepto para nosotros dos. Con la suerte del que no busca pero siempre encuentra, y el atrevimiento de la juventud, la intromisión de C- en la conversación de sus profesores y su auto-propuesta como candidata para desarrollar una estancia de Máster en Francia lo cambiaría todo, o al menos aquello que tuviese que ser cambiado, esta vez de verdad.

Pocos meses después, luego de una más que satisfactoria estancia de Máster, regresaba C- a La Habana, con aires renovados y el poder espiritual del que todo ha visto, ya con boleto de regreso en la mano, ahora para su Doctorado. Como torbellino tirando hacia su centro las piezas sueltas del camino por donde pasa, y con un empeño no concebido posible por sus compañeros casi inertes, ambos logramos, con un mes de diferencia, arribar al mismo instituto de aquel viejo y bello mundo. Salarios garantizados por tres años, un título de doctores al terminar, escaseces y penurias eliminadas de la ecuación. ¿Que más se puede pedir? Veníamos a comernos el mundo, pero eso ¿qué significa eso?.

En comunicación con los amigos que quedaron rodeados de mar, viviendo asediados por la maldita circunstancia del agua por todas partes, conocimos constantemente de su desesperación por entrar en territorio continental, sólo 90 millas al norte de su posición. Su objetivo fue siempre buscar tierra alta y firme donde radicarse antes que la subida del nivel de mar arrasase con la vivienda, comida y generación eléctrica en la isla. Algunos salieron a tiempo, otros se tuvieron que mojar los tobillos por varios años y unos pocos ya tienen hoy el agua por las rodillas. El caso es que muchos encontraron tierra firme luego de una travesía azarosa. Llegaron a tierra como lo hacían los viajeros 200 años atrás, con una pequeña maleta a cuestas y despojados de cualquier título nobiliario que les asegurase una plaza en la corte donde nada se debe. Sin embargo, ninguno se queja, ninguno ve problemas donde no los hay, al menos no que yo sepa. Viniendo de una existencia con la constante amenaza de despertar con el agua al cuello en cualquier momento, sentirse seco cada noche al acostarse a descansar es una bendición. Nosotros no vemos limosnas, vemos oportunidades; no vemos deudas, vemos ayuda de amigos; no vemos trabajos duros, vemos el pago del fin de mes. Pareciese que luego de tantos años el experimento ha finalmente creado al hombre nuevo, aquel que no ve problemas, sino situaciones que superar.

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Luego de varios años de vida cómoda y abundancia de recursos para una correcta alimentación, en ocasiones, cada vez más frecuentes, no me siento del todo satisfecho con mi trabajo de investigador, puede que debido a la incompetencia de otras personas de las que dependo, puede que a mi propia incompetencia o puede que a la falta de visión con respecto a la relevancia de los proyectos trabajados, eso no es relevante. Lo que importa es que mientras que llegué con ciertas ventajas al mundo que no se hunde comparado con mis coterráneos, pues al menos vine en un avión y con dos maletas, muchas veces quisiera tener la seguridad de ellos en el hecho que nunca retornarán a caminar en el agua y que el trabajo presente es lo que los catapultará hacia futuros mejores. El problema es que para venir en avión y con maletas tuvimos que acordar una posible fecha límite de estadía, establecida por la duración de un contrato muy corto comparado con las escalas de tiempo que aquí se tratan. Es de naturaleza sempiterna el pensamiento obstinado de que puede haber un fecha límite para estar en el mundo de los secos, en tierra continental. C-, por su parte, tiene plena confianza en que la fecha límite siempre se extenderá a cada paso que demos.

Evidentemente, C- tiene una mentalidad mucho más adecuada a la situación que yo. Estoy pensando en problemas que pueden haber en el futuro, sumando un estrés innecesario al presente, y no empleando el tiempo que tengo en crecer como persona e investigador, sino en analizar posibilidades que quizás nunca se materializarán, y que incluso si lo hacen no tendré una forma de solucionarlo por mucho que me haya preocupado hoy, todo lo contrario. Tal parece que he olvidado el lema familiar:

Paso a paso. Todo se resuelve.

¿Quizás he perdido la perspectiva de todo? Si, evidentemente estoy buscando problemas donde no los hay. Por el hecho de tener un presente extremadamente cómodo se ha instalado el conformismo en mi puerta, y ahora parece que me entretengo perdiendo el tiempo y bajando, cada vez más el umbral de lo que considero problemas.

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