Dice Jordan B. Peterson que

Un hombre inofensivo no es un buen hombre. Un buen hombre es un hombre muy peligroso que tiene control sobre sus capacidades voluntariamente.

Aunque con un enfoque de poder, fuerza y la soberbia que caracteriza a su autor, esa frase recoge un espectro más amplio de interpretaciones. Como yo lo veo, una buena persona (no tiene por que ser hombre) es una persona que sea autosuficiente, capaz de valerse y pensar por sí misma, mantenerse y defenderse a sí y a su familia sin la dependencia de algún agente externo. Tener la capacidad de no depender de nadie ni de nada para seguir adelante con tu vida es ya de por sí un gran poder. Inevitablemente este tipo de personas obtendrán con los años y su trabajo la capacidad de ayudar a otros a su alrededor, física, mental y materialmente.

Al punto que hemos llegado con el desarrollo de la sociedad moderna, la mayoría de las personas se han acostumbrado y acomodado a vivir en una compleja red de dependencias. Para alimentarse y tener cobijo dependemos de un sueldo, que depende a su vez de nuestra asistencia y cierta obediencia a un centro de trabajo, donde nuestra plaza depende de las decisiones de personas con realidades muy distintas a las nuestras. Por otro lado dependemos de las cadenas de supermercados, de los transportistas, y de los productores. Es increíblemente complejo el nivel de organización que hemos logrado para que una persona que vive en la ciudad pueda tener acceso todo el año a tomates, pepinos, y champiñones. Pero para lograr esto se ha tenido que ceder mucho poder a aquellos que proveen.

Por supuesto que estos avances son magníficos y han alzado el nivel de vida de las personas a niveles nunca antes concebidos, pero no deja de ser verdad que también han introducido nuevos problemas y desafíos. Uno de esos problemas lo vi reflejado ayer en mi familia, no por primera vez, pero si es la primera vez que voy a escribir sobre ello: en algún momento, por alguna razón, nos quitaron la voluntad de ser autosuficientes, decidir, emprender y trabajar por la vida que queremos.

No creo que esto sea un fenómeno aislado de Cuba pues la mayoría de las personas viven igual de conformistas y tribales en otros lugares del mundo, como ya he mencionado antes, acostumbradas a las complejas dependencias. Sin embargo, sí creo que el sistema político allí imperante agudiza y generaliza este sentido de dependencia. A partir de enero de 1959, con el triunfo de la Revolución Cubana, absolutamente todos los medios de producción (y por tanto de desarrollo y emprendimiento de las personas) se vieron centralizados en el Estado. Todos los ciudadanos trabajaban para el estado, y era este quien organizaba y dirigía la economía, si es que a eso que ellos hacían y hacen se le puede llamar organizar y dirigir una economía, como si fuese posible organizar y dirigir una economía. Con la promesa cruel de un futuro perfecto, (nunca se dijo para quién, nunca se definió en ningún discurso quien era realmente esos a los que llamaban “El Pueblo”) donde no haría falta el dinero y podrías ir a los supermercados abarrotados de todo tipo de bienes y seleccionar aquellos que te hiciesen falta para satisfacer tus necesidades materiales y espirituales, se sembró casi que en el hipotálamo de las personas esa idea de que el Estado proveería de todo. Sin embargo, el Estado nunca proveyó más que reclamos de esfuerzos inauditos y sin sentido, pero nadie recordó sacar de la mente de las personas la dependencia (¿a propósito quizás?).

El caso es que actualmente se atraviesa en la Isla la crisis más aguda de su historia, donde el Estado “proveedor” no tiene ni para proveer pan. A pesar de esto, en mi familia se sigue esperando y dependiendo de lo que este vaya dando de a poquitos que no alcanzan para el correcto funcionamiento y desarrollo del organismo humano, más bien para su supervivencia.

En mi casa hay tierras, sembradas por mi bisabuelo hace ya 50 años con mango, aguacate, plátano, guayaba y alguna que otra fruta tropical más. Sin embargo, hoy no se le da atención alguna a estas plantas que tanto nos han retribuido, peor aún, no se han sembrado nuevas para sustituirlas dentro de algunos años cuando ya no produzcan. Hay pequeñas extensiones de tierras cultivables que están abandonadas, y que podrían producir alimentos para cortar la dependencia con el Estado, hay también debido al paso de un pequeño pantano un ecosistema digno de envidia para muchos. Pero no se han dado cuenta de que tienen la capacidad de producir alimentos, de proveer para su familia, de cortar las dependencias, de ser buenas personas.

Dificultades siempre van a haber, como el calor, las hormigas, el sol fuerte del trópico, la poca fertilidad de las tierras, etc., pero soluciones también. Con los años he aprendido que la mayor virtud de las personas para avanzar en cualquier empeño que se propongan es la constancia. Poco a poco, paso a paso, todos los días un poquito de trabajo aquí y otro poquito allá, los resultados serán, inevitablemente, increíbles. Con un poco de trabajo todas las tardes se podría hacer de aquella lomita, la tierra florecida y productiva, llena de mariposas y cocuyos que fue hace 40 años atrás.

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